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Hay un simple pecado que nos puede hacer perder nuestra relación amorosa, nuestra felicidad, incluso nuestra propia identidad.  Este pecado, hasta ahora poco entendido, es sin embargo muy común: una aventura.

En este mismo momento, en cualquier rincón del mundo,  alguien está siendo un traidor o siendo traicionado, está pensando en tener un romance, escuchando a alguien que está en medio de uno, o es la amante que completa el triángulo. Ningún aspecto de la vida de la pareja provoca más miedo, chisme o fascinación que una aventura. El adulterio se ha legislado, debatido, politizado y demonizado a lo largo de la historia. Sin embargo, ha existido siempre.

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Durante la mayor parte de la historia, los hombres han engañado porque tenían el poder para hacerlo con pocas consecuencias. El doble estándar es tan antiguo como el adulterio en sí. El rey David nunca examinó la situación de su matrimonio, ni siquiera por un momento, antes de seducir a Betsabé.

Actualmente, nuestro sesgo cultural tiende a individualizar y patologizar realidades sociales tan comunes como la infidelidad. Pero, ¿podemos realmente  explicamos la infidelidad como un simple producto de carencias individuales?

La mayoría de la gente no admite públicamente que haya tenido una aventura. El divorcio hasta no hace mucho estaba rodeado de culpa y vergüenza. Hoy en día ese estigma lo lleva la infidelidad.

Por otra parte la mayoría de la gente si admite haber sido afectada por problemas de infidelidad en algún momento de sus vidas. Por ejemplo: Una mujer ve al marido de una amiga  teniendo una conversación íntima con una mujer hermosa en el tren y se pregunta si debe o no decirle a su amiga. Un joven describe la infidelidad que precedió el divorcio de sus padres. Otro joven fue él mismo el “hijo natural” de la aventura de sus propios padres, y tuvo que crecer con un conjunto de medios hermanos que se relacionan con él en un espectro que va desde la envidia al resentimiento. Un par de padres casados desde hace mucho tiempo se niegan a dejar que el marido infiel de su hija asista a su fiesta del 60 aniversario. Y un joven novio se pregunta si ha hecho lo correcto al dejar de invitar a un buen amigo  a su boda a petición de su novia.

Al conocer estas historias, se confirma que una aventura es un evento colectivo cuyo reparto de personajes incluye la familia, amigos, colegas y vecinos, cuyas escenas están ahora puestas en escena por el Internet, los teléfonos inteligentes y las aplicaciones de citas. La infidelidad es todavía un tabú, pero tenemos que crear un espacio seguro para la conversación productiva.

Las aventuras tienen mucho que enseñarnos acerca de las relaciones – lo que esperamos, lo que pensamos que queremos, y lo que sentimos que tenemos derecho a tener. Abren la puerta a una conversación más profunda sobre los valores, la naturaleza humana y la fragilidad del eros, y nos obliga a lidiar con algunas de las preguntas más inquietantes: ¿Cómo negociamos el difícil equilibrio entre nuestro equilibrio emocional y nuestras necesidades eróticas? ¿Es la infidelidad intrínseca al amor posesivo o un vestigio arcano del patriarcado? ¿Es cierto que lo que no sabemos no hace daño? ¿Cómo podemos aprender a confiar de nuevo? ¿Puede el amor alguna vez ser plural?

La infidelidad es una ventana en el complejo panorama de las relaciones y las líneas que trazamos para atarlos. Los terapeutas, deben ayudar a contener las fuerzas volátiles y opuestas de la pasión: ante la tentación, la lujuria, la urgencia, la sospecha, el atrapamiento, la culpa, las consecuencias nefastas, el trágico desenlace, la pecaminosidad, la vigilancia, la locura de la sospecha y el impulso de venganza asesina.

La infidelidad es todavía un tabú, pero tenemos que crear un espacio seguro para la conversación productiva, donde la multiplicidad de experiencias pueda ser explorada con compasión. Podría ser incómodo, pero en última instancia, fortalecerá las relaciones, haciéndolas más honestas y resilientes.

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